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No nos podemos permitir el lujo de tener que elegir entre Mamá y Papá

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Tradicionalmente, el poder en el sector hortofrutícola español ha estado en manos de los comerciantes. La familia de mi padre era, al menos antes de la guerra civil, productora de limones en Alora (Málaga). Siempre decía que una vez terminada la cosecha, una vez los limones amontonados en la puerta de la casa, sus padres esperaban al comerciante, murciano según la tradición oral familiar, que ofrecía su precio y se llevaba la mercancía. Comerciantes murcianos de limones, valencianos para las naranjas o canarios para el tomate y plátano, crearon y consolidaron el sector y comercializaron en España y fuera de España, abrieron mercados y consolidaron la buena reputación de los productos españoles. Por otro lado,  algunas cooperativas inspiradas de la tradición demócrata cristiana, especialmente en la región de Valencia.

Antes de la entrada de España en el Mercado Común en 1986, la existencia de precios de referencia obligó a la administración española a controlar los volúmenes exportables sobre la base de los cupos semanales de exportación distribuidos por región productora en base a referencias históricas, lo que facilitó el mantenimiento del status quo no solo productivo sino también organizativo y comercial. Esta situación duró los primeros años de la adhesión durante el  mal llamado “Período de verificación de convergencia” que nos impusieron los negociadores de la Comunidad Europea(a petición de los productores franceses). Durante esos años, un país tercero, Marruecos, disfrutó de un mejor acceso al mercado comunitario que un nuevo Estado miembro.

La llegada del mercado único el 1 de enero de 1992 modificó la situación. La España hortofrutícola se convirtió comunitaria gracias a la libre circulación de mercancías y a la OCM del plátano. Surgieron oportunidades para los operadores no tradicionales. La gran distribución se instaló en España para tener acceso sin intermediarios a los productores y productos españoles y estimuló la organización de la producción.

La reforma de la OCM en 1996 consolido esta evolución. Con su enfoque  “todo el poder para las OP comerciales”, los productores tuvieron un instrumento regulador y un paraguas comunitario para organizarse.

Luego fuimos testigos del auge de las organizaciones de productores. Por un lado había cooperativas, que formaron OP con una gran cantidad de (pequeños) productores. Por otro lado, había otras OP relacionadas con el comercio o con empresas comerciales que también fueron reconocidas como OP aunque tuvieron menor tamaño.

Poco a poco, los productores organizados se dieron cuenta de su fuerza, especialmente en las nuevas regiones fronterizas de producción, como Almería para las hortalizas de invierno o Huelva para las fresas.

Es esta dualidad estructural lo que explica las tensiones internas dentro del sector. En el caso de las hortalizas, los comerciantes crearon la Federación Española de Productores de Exportación en cuanto volvió pronto la democracia a España. Aunque las cooperativas de Almería son miembros, el poder está en manos de los comerciantes con una fuerte representación de murcianos. Al lado de FEPEX, los productores de Almería promovieron primero una Interprofesión andaluza de las hortalizas de invierno y, una vez consolida su representatividad, una Interprofesión nacional..

Las tensiones entre estas  dos dinámicas se hicieron evidentes durante la última edición de Fruit Attraction, ya que convocaron el mismo día y al mismo tiempo dos eventos sociales que compitieron entre ellos. FEPEX (y el comercio murciano) teme que los productores de Almería impongan su peso, sus normas y sus reglas al resto de los productores españoles.

Las tensiones han aparecido también en el sector de la fruta de hueso. Como parte de su plan de acción para evitar la repetición de años desastrosos como el que se acaba, el Ministerio quiere promover una mejor organización de la oferta y un uso más adecuado de los instrumentos de la OCM para “ajustar en cantidad y calidad la oferta a la demanda”. Esto implica, entre otras cosas la promoción de una interprofesional y el aumento del umbral de reconocimiento de las OPs, tener menos OPs pero más grandes, más capaces de asumir su papel estructurador.  En 2015, España había reconocido 572 OPs (en Francia, 227), con un valor promedio de producción comercializada de 13,6 millones de euros, pero solo de 3,2 millones de euros para las frutas de hueso.

El enfoque, OPs más grandes con más miembros, es apoyado por las cooperativas pero se encuentra con la oposición frontal de FEPEX, que prefiere el enfoque, OPs más grandes con más Valor de la Producción Comercializada (VPC). FEPEX teme la desaparición de un gran número de pequeñas OPs en número de socios, más próximas al comercio; una mayor desorganización de la oferta y una pérdida de fondos comunitarios. Estas tensiones económicas se ven exacerbadas por las rivalidades regionales y las relaciones personales a veces tensas entre actores que se conocen y se codean desde hace años.

El mucho lo que está en juego, pero la solución no es fácil. Un gran sector productor como el español necesita de todas sus capacidades comerciales, entre la cooperación y el comercio privado. El Ministerio tendrá sin duda que jugar con las dos variables, socios y VPC, con el apoyo equilibrado tanto a las asociaciones de organizaciones de productores (AOPs) como a las interprofesionales… y con el factor tiempo.

No nos podemos permitir el lujo de tener que elegir entre Mamá y Papá

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